Monday, October 31, 2011

El fin

Su puño tiembla, no tiene el pulso firme. No puede ser el fin porque el fin lo imagina distinto. El suelo crepita bajo él, herido. No parece haber nada vivo en la tierra de nadie.


El Teniente Andrey se esconde en las heridas abiertas de la tierra y se lamenta siempre de ello, por lo menos siempre que puede. No son muchos quienes hablan en las trincheras. No son muchos quienes escuchan la voz de quienes hablan. No son muchos quienes pueden siquiera escuchar sus pensamientos cuando el fuego de la infantería ha tronado durante tantos días.

-Teniente: 14:25, faltan cinco minutos.
El panorama que ve no es más que un intento de reorganización, la nueva fórmula del caos. Hace tan solo dos días levantaba la cabeza para observar las líneas enemigas a menos de 100 metros, y reconocía el terreno y sus formas. Hoy levantó la cabeza un segundo. Nada de lo que vio le fue familiar.

Hace apenas siete meses estaba aún en Noailles, con el II ejército en su cuartel general. Incluso vio al general Pétain jugar una partida de poker con el comandante Serrigny y pensó que si ese hombre -de facciones altivas, mejillas rosadas y mostacho estilizado- estaba en calma a lo mejor las cosas no iban tan mal.

Y luego esto. Correr y pensar que tenía que ponerse de nuevo el uniforme de campaña. Meses sin avance real y no sabe como está vivo. Comenzó el ataque y un día después estaba tras una pieza mediana de artillería esperando órdenes de estado mayor. Pero no duró mucho antes que necesitaran efectivos de infantería y escasearan los comandantes expertos. Dos semanas y estaba en las trincheras, ocultándose en el barro y omitiendo el sonido de la guerra para dormir un par de horas, cuando el cuerpo ya no daba más.

“14:25: ¿Qué hará Susan mientras pasan las horas? Desde hace dos semanas empezó el ataque y ella lo sabe, sabe que yo estoy aquí. A esta hora lavará los platos de la comida que han compartido ella y Eliza, donde puso, como siempre, mi plato en su lugar, y sin necesidad de lavarlo lo ha devuelto a la gaveta. Qué hará ahora que la extraño; no sé si algún día vuelva.”

Octubre de 1916, a orillas del Somme. Tiene en la cabeza tantas fechas ya...
La del inicio: Febrero 21, en Verdún. Dos días en los que llovió fuego como nunca en la historia.

Él llegó allí el 22, antes del amanecer. “Las cosas no marchan”, le dijeron. Y antes que las horas pasaran le asignaron un cuerpo de artillería; aún se acordaban de él.

Pero los vigías alemanes no son tontos; ya habían marcado los nidos. La mitad del batallón es inutilizado y en las trincheras todo el mundo se pregunta: ¿Dónde esta nuestra artillería? Se cruza de brazos temblando de rabia.

Nueva orden: No malgastar arsenal. En la tarde llega un tren de municiones; abre fuego al azar pero lejos de las líneas francesas para alentar a sus compañeros.

“Al menos que escuchen los cañones, sus cañones”.

Y dos días después del inicio de la lluvia de acero, de los 77, 88, 105, 130, 150, 210, 305, 380, del gas que asfixió sus compañeros de artillería, de los torpedos, de un millón de obuses, en medio de todo se hace el silencio a las 4 de la tarde del 23.

En los stollen alemanes saben que es el momento. Mientras tanto, en el campo los franceses han perdido la mitad de sus efectivos. El soldado en la trinchera sabe lo que viene. Lo ha pedido durante horas: el ataque de infantería, el cuerpo a cuerpo, la verdadera hora del valor, los gritos, los gemidos, el sudor, sus comandantes dando ordenes con la bayoneta calada, los jóvenes gritando vive la france!.

Andrey lo sabía. Todos estaban aliviados de saber que seguiría el ataque de infantería, que no habría más obuses, que todos temían la muerte pero la preferían así, no en un bombardeo.

Y se lucha en los bosques y en la tierra de nadie, y un acto de heroísmo es desplazado siempre por uno nuevo, y de nada sirven los soplones alemanes capturados porque todo está muy bien planeado, y el Kronprinz alemán lo sabía. “Le haremos una sangría a Francia”, decía el general Von Falkenhayn, comandante del ejercito alemán.

Nada por hacer... el 26 cae el fuerte de Doumont. E Inglaterra siente el miedo a la guerra. Si Francia cae Inglaterra no resistirá mucho.

Y pasaron días y semanas de bombardeos seguidos de inacciones, y la guerra de desgaste hacía mella en ambos lados, y Andrey en medio sabía que todo era por la libertad del hombre; pero él hacía tiempo que no lo era, que había dejado de ser un hombre.

Meses y meses de entradas y salidas en las venas de la tierra. Meses y meses de espera acompañados del retumbar de la artillería que ahora manejaban manos que no eran las suyas.

Y luego de matar con sus manos y no con el cañón, luego de todas las atrocidades y las injusticias de todos los que eran como él, pensó un día en la trinchera, en medio del “infierno del Somme” que lo mejor que podía hacer era morir allí. Que su esposa y su hija no podían estar -pasara lo que pasara, a salvo o no- orgullosas de él.

Lo peor sería la farsa que acompañaría todo: Los estandartes (solo unos pocos habían sobrevivido a Verdún, y habían descansado un par de semanas para unirse a Inglaterra en la ofensiva del Somme), los honores (ya tenía un par de medallas), las palabras de su general Henry Phillipe Pétain, el único general que valoró alguna vez la importancia de la vida de sus soldados; y su familia consintiéndole y haciéndole ver de nuevo el mundo. Qué mundo podía ver después de esto, más allá de la tierra de nadie, entre los bosques donde los árboles crecían alimentados por la sangre del soldado.

Y luego el cese de la artillería. Su tropa lo observa; solo necesitan la orden. Están bajo el mando del general Fayolle, pero ahora Andrey es dios: el decidirá cuánto tiempo más vivirán.

La ofensiva del Somme ha sido dura para Inglaterra: 350.000 en un mes. Pero para ellos, para quienes están aquí desde hace siete meses, no hay por qué volver a casa si Francia no es libre.

“¡Bayoneta calada!”, grita el teniente con el puño en alto, que súbitamente ha dejado de temblar.

El fin, así lo imaginó siempre.