Wednesday, December 01, 2010

Kant y la Ilustración

Todos esperamos la mayoría de edad. A veces con el afán ridículo, la malsana realidad de creer que nos dará entrada a ese mundo adulto que un vigilante o una cédula nos niega. Todos alguna vez quisimos ser mayores y, sin embargo, en la plena conciencia de esos momentos de lucidez antes del sueño, vemos a lo lejos que, cuando crucemos, eso que nos espera representa posiblemente la razón de la amargura de nuestros padres.

Parece paradójico que esa metáfora sea real ahora que tengo 27 y pretendo actuar como adulto sin saber si lo hago bien, igual que cuando esperaba la cédula y falsifiqué una contraseña porque los años no pasaban y pensaba que no debía ser el estado el que me impusiera la fecha de mi adultez.

Una mayoría de edad simbólica es lo que deberíamos esperar, y es posiblemente más difícil de conseguir que aquella en la que esperamos que se cumplan uno ciclos de vida que no manejamos y después, tras una madrugada, una foto y una huella, somos lanzados al mundo adulto.

Ya Kant planteaba desde su tiempo la dificulta de esta metáfora que cito. No se es mayor de edad por un documento, sino por una postura ante el conocimiento, de manera que sea ese conocimiento el que nos de la posibilidad de elegir, de obviar, de lamentar o enmendar desde un plano consciente y responsable.

Somos victimas, de manera sistemática, de una serie de bloqueos, de certezas ficticias que, como humanos, nos hemos autoimpuesto a través de la historia.

Kant, en su texto sobre la ilustración, nos las muestra de manera sistemática: El oficial dice: ¡no razones, adiéstrate! El financista: ¡no razones y paga! El pastor: ¡no razones, ten fe! (Un único señor dice en el mundo: ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!).

Junto con los sistemas de control social, que creamos por necesidad, creamos también sistemas de control personal. Hicimos, y nos hicimos parte, de un sistema cómo el religioso -en el que Kant dispone la mayor parte de su texto- para librarnos de la necesidad de angustiarnos por el vacío que genera una vida llena de familia, trabajo, estado, pero nada que nos garantice que, al final, todo vale la pena.

Sin embargo, se plantea en el texto la necesidad de esa mayoría de edad personal, incluso dentro del marco de las instituciones que hemos creado.

Es, por tanto, una necesidad del individuo para perpetuarse a si mismo como ser pensante: más allá del hecho de vivir está el hecho de vivir como adulto ilustrado, cómo ser que discierne sobre lo que debe y no debe según aquello que ha aprendido y depurado, a sabiendas que es la ignorancia lo que podría mantenerle feliz, en paz.

Yo, 9 años después de mi cédula, sigo buscándola, esa adultez que no se si quiero o temo.