Sunday, November 14, 2010

La amarga vida de Watzlawick

La última vez que me estresé por algo estuve realmente mal por poco más de dos días, con el ceño fruncido y la voz en el registro más grave. Sin embargo, por más que trato de recordar el hecho que desato el desastre no logro recordarlo. Para colmo, el único suceso que recuerdo que pudo causarlo es toda una estupidez, y no se me haría raro que todo haya empezado ahí.

No es difícil eso de amargarse la vida, eso de dejar que un detalle tonto llene de significado una acción sin simbolismos, una de esas que alguien cerca hace por hacer y que termina afectando de manera directa nuestro comportamiento el resto del día, del mes, de la vida.

Pero una cosa es tener el talento innato para ser plenamente infeliz y otra muy distinta recurrir a un manual que nos diga paso a paso que hemos hecho cada instante y cómo pulir las aristas que aun dejamos sin tratar (o mejor, como hacerlas más filosas, más hirientes).

El texto de Paul Watzlawick, bastante divertido por cierto, y de una extensión que concuerda con lo que un lector de etiquetas de supermercado soportaría, es la manera perfecta de afrontar, con todo el sarcasmo del mundo, una vida llena de libros de autoayuda y mensajes de superación.

El libro se fundamenta en un argumento simple: “Nuestro mundo en peligro de anegarse en una inundación de recetas para ser feliz, no puede esperar más tiempo a que le echemos un cable de salvación”

Desde la nota del editor podemos suponer que la manera en la que está escrito es bastante particular. Cada apartado, cada broma oscura, cada sarcasmo, nos muestran el modo de proceder de Watzlawick como terapeuta, su modo de operar. Para cuando es el mismo autor quien en su prólogo habla del temperamento heredado de los austrohúngaros y la descripción de la máxima condecoración en su país ya no es fácil ocultar la risa.

El texto se toma en serio la vida, por supuesto. Cada argumento que muestra es completamente verificable y lo peor, la verificación es personal, todos tenemos ejemplos.

Lo interesante para mí de la transgresión en la forma que está escrito el texto es la manera como Watzlawick nos pone la verdad tan cotidiana, tan cercana, que logra ofender al tiempo que esboza la sonrisa. Los puntos se suceden de manera lineal en el argumento, enlazando una a una esas conductas reiterativas y autodestructivas que tenemos, y tras cada paso, nos alienta a seguir leyendo y carcomiéndonos, a enterarnos de cómo funciona esa trampa que usamos a diario, ese juego de palabras sin salida, a develar como es posible que pasemos dos días enojados con el mundo sin saber (claro que sabemos, pero no lo decimos) que nos tiene frunciendo el ceño.

Al final, tras menos de 20 breves capítulos nos lanza una frase tremenda, lapidaria: “¡Dale que dale sin perder el ánimo! A más moros, más ganancia y aun cuando todo se haga añicos...”

No es de temer, supongo, todos lo sabemos. Es mas bien de despertar.

1 comment:

Rocio said...

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Rocio del Pilar
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