Wednesday, November 01, 2006

Antes del amanecer

Antes del amanecer pienso en huir, pero no sé por qué no lo hago.

El cuerpo de Sara yace en la cama, con algo de calor aferrándose aún a él. Sin embargo es inevitable. En un par de horas (pensaba) se vera totalmente pálida, y la expresión de ternura en su rostro se desvanecerá en el tiempo y me dejara a solas con algo que fue ella alguna vez, pero que ahora no es más que su recuerdo en un empaque mal moldeado de su rostro.


La luz tenue entra por la ventana, la mañana irrumpe y yo mientras tanto intento entender lo que pasó. Pero ¿Para qué? No son necesarias las explicaciones, no serviría de nada decir: “¡Señor juez, yo no la maté!”, como llegué a pensar que contestaría hace un rato, porque a fin de cuentas estoy a solas con su cuerpo y no comprendo bien que sucedió.


A solas una noche de sábado, una discusión cualquiera en el balcón de su apartamento, una mano que se estrelló abierta contra mí rostro haciéndome sentir miserable por todo lo que nunca había sido capaz de hacer y al tiempo por lo que había hecho. Llanto incontrolable cuando vio mi expresión de rabia contenida, no contra ella, sino contra mí mismo, contra lo que era, contra lo que hacía. Entonces abrazo y beso, sombras de dos personas que se desnudan con premura para asirse una a la otra, para que las lágrimas se mezclen con el sudor, para que juntos se confundan y se olvide lo sucedido. Luego, el sueño, una burbuja gigante que nos rodeó y nos embriagó, que nos obligó a rendirnos.


Antes del amanecer el efecto del cansancio pasó, se fue de la misma manera que llegó: lentamente, casi sin notarlo. Escuché al fondo, tenuemente, el sonido de una alarma. Restos de un sueño de lleno de espanto, de gritos. Los párpados que se elevan pesadamente intentando una mirada, o al menos un remedo de esta. Y cuando todo estuvo claro, cuando las pupilas se adecuaron a la luz torpe que llegaba de las lámparas de la calle, distinguí la figura de Sara a mi lado. Intenté reintegrarme junto a ella al mundo de los sueños. Tenía frío, y me acerco en busca de su abrazo, de ser correspondido. Pero algo estaba mal. Sentí su peso fuerte, casi un lastre, cuando intenté moverla. Pasé mi brazo bajo su cabeza y observé con horror como caía por su propio peso dejando que la boca se abra sin aliento: estaba muerta.


Todo está mal, el cuarto se torna gris, frío, lleno de una densa niebla que lo cubre todo. Camino lentamente por la habitación sin dejar de mirarla. Todo parece tan perfecto a mi alrededor, tan bien puesto, tan bien dibujado; pero ella, ella está allí, en la cama, con el cuerpo en esa extraña posición y el cabello cubriéndole a medias el rostro frío.


Ahora veo la luz del sol abriéndose paso por las cortinas, llenando la estancia, iluminando cada una de las partículas de polvo que flotan en el aire, dándoles dimensión, forma. Veo como flotan y se arremolinan sobre ella y me pregunto qué será lo que pasó, porque todo esto. No lloro, no me lamento, estoy demasiado confundido. La luz que entra por las ventanas no me permite ver afuera desde donde estoy sentado, solo veo reflejos, brillos intensos que atraviesan el cristal polvoriento y convierten la ventada en una pantalla espesa y densa, blanca.


Por fin siento pasos en el corredor, el golpeteo de las botas claveteadas. La puerta se abre de golpe y mis compañeros oficiales entran al lugar. Me levanto con las manos en alto pero no pasa nada. Los escucho hablar de los dos cuerpos en la cama, de que están muertos, irreconocibles. Giro sobre mí mismo y siento como las imágenes del sueño llegan de golpe, imágenes de un sueño real. Todo destrozado, casi negro. El techo agujereado y quemado en la esquina del cuarto deja ver el lugar donde cayó la bomba aliada. Hamburgo arde. Los oficiales de la SS abandonan el lugar sin más y veo, me veo a mí mismo, abrazado a Sara, exánimes ambos, entre las sabanas quemadas.

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